Se trata de un vendedor ambulante de ostras que recorre contínuamente la playa.
Su modus operandi es sentarse junto al cliente y preparar cada ostra con sal y limón y dársela a continuación en mano, una tras otra hasta que el cliente dice basta. Las ostras están vivas y en perfectas condiciones y Chico da Ostra se lleva las conchas vacías (si nos lee un argentino se reirá) y demás desperdicios en un recipiente aparte. Su trabajo es ciertamente penoso y a pesar de que la diferencia de precio es mínima con respecto a las que sirven en los chiringuitos, hay quien las consume así por ayudar a Chico.
Hay más vendedores por la playa, de diversos géneros como trufas y chocolatinas.